LA LITERATURA Y EL PERIODISMO DE ALCÁNTARA POR F. MORALES LOMAS EL DÍA DE SU FALLECIMIENTO

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EL COLUMNISMO LITERARIO DE MANUEL ALCÁNTARA

F. MORALES LOMAS

Presidente de la Asociación Andaluza

de Escritores y Críticos Literarios

Universidad de Málaga

            Tengo constancia de que Manuel Alcántara, a fuerza de ser fiel a sí mismo y a su filosofía senequista de la existencia pasada por Quevedo, Larra, Gómez de la Serna y César González Ruano, y un distanciamiento irónico personal que la conmueve, alcanza en su lenguaje cotidiano, preciso y exquisito, una altura académica extraordinaria y una singular creatividad. Pocos han deconstruido la realidad y construido el lenguaje como él.  En los últimos tiempos podríamos citar a Francisco Umbral, Jaime Campmany, Manuel Vicent y poco más. Esta labor orfebre de deshacer analíticamente los elementos conceptuales de la realidad y la de fabricar una arquitectura lingüística de sentido conforman su particular modo de entender el periodismo, la vida y la literatura.

            Muchos de los críticos y estudiosos de su obra coinciden no ya en sus dotes como persona sino como escritor, como creador de una forma de decir, de un modo de estar ante la realidad. El escritor y académico Claudio Guillén (con motivo de la entrega del “Premio El Torreón a toda una trayectoria profesional, en recuerdo a Ramón Gómez de la Serna”) decía que su prosa «es preciosa y ejemplar, porque es sencilla, es modesta y sencillamente rezuma ingenio, inteligencia, capacidad de invención y todo eso con una moderación y una concepción que está en la mejor tradición andaluza, con una cierta reserva y una capacidad de alusión al mundo que es infinita»[1]. También el periodista Álex Grijelmo confirmaba un perfil similar cuando decía que «es un apasionado de las palabras, del lenguaje, de las metáforas certeras». La escritora Rosa Regás insistía en la riqueza de su prosa… Declaraciones que no hacen sino confirmar un hecho en el que luego insistiremos más precisamente: la calidad literaria de la prosa del escritor malagueño y su profunda reconciliación con el lenguaje literario. El buen decir, sin embargo, no debe estar reñido con la sencillez. Un concepto muy querido para Alcántara que distingue perfectamente esa sencillez que es ligera, es decir, no la del predicador ni la del que da la lata. Y así dirá Manuel Alcántara lo siguiente sobre los valores que tienen su prosa literaria: «Hay, por tanto, una prosa que tiene encanto y que te lleva, y otra, sobrecargada, llena de datos y sentencias, que te hace muy fatigosa la lectura. Una cualidad del articulista debe ser la amenidad. El primer mandamiento es no aburrir a Dios sobre todas las cosas. Luego está la preocupación de ser asequible. La gente huye de la pedantería, no le gusta que le den lecciones. Yo creo que un artículo puede ser cualquier cosas menos un ensayo enano. El género es muy difícil y muy raro, porque participa del ensayo. Una de las personas que más admiro, es Fernando Savater, que es filósofo, y escribe artículos asequibles a todo el mundo»[2]. Alude el escritor a un hecho también determinante en sus columnas: el colocarse en la posición del lector, incidir en sus gustos como individuo que vive en un tiempo, en una época, con determinadas preocupaciones y con un tiempo determinado de lectura. Esa premura del lector en ciernes y la necesidad de contar en un espacio muy limitado un pensamiento certero conforma la propia realidad del artículo, a la que se refería Alcántara: el no aburrir, el deleitar transmitiendo un pensamiento, un aserto, una máxima, un aforismo, un apotegma. Sus columnas lo son y todas ellas los encierran. Podemos citar unas cuantas como ejemplo de nuestras afirmaciones: “El liberalismo consiste, entre otras cosas, en no descartar que el de enfrente pueda tener razón”; “creo en la tolerancia, en la posibilidad de que el de enfrente tenga razón”; “hay políticos que siempre ven la solución en el aumento del problema”; “yo creo que uno es de todas partes, sobre todo de donde quiere ser”; “la seguridad es algo muy irritante; en cambio, la duda te ensancha”; “quien nace tonto, con los años se perfecciona y al final es aún más tonto”…

        Pero la necesidad de no aburrir, el encanto de la amenidad, la razón de la lógica de una persona normal que con el distanciamiento propio de la ironía observa el mundo le da a sus columnas la dimensión histórica de un trascendente hecho literario a pesar de su extensión esquiva como hecho dispuesto a vivir tan solo veinticuatro horas, para ser sustituido una y otra vez, y así hasta las veinte mil columnas aproximadamente que lleva escritas. Así, en torno al distanciamiento dijo lo siguiente: “Yo he sido muy buen lector de los estoicos, que la gente cree equivocadamente que eran unos señores que pretendían pasarlo muy bien. Estos predicaban algo muy difícil: la impavidez ante el azar. Bueno, no es fácil que todo te traiga sin cuidado, pero sí pienso que hay que tener comedimiento en el dolor y en la alegría. Siempre que veo en Navidad a los señores de la lotería dando saltos y bebiendo sidra a gollete, pienso, «hombre, no se comporten ustedes así». A mí a veces me dicen: «Usted, en el fondo, es un humorista». Pero yo creo que nadie, en el fondo, es un humorista. Se tiene más posibilidades de acertar tendiendo al pesimismo”[3].

          El periodista también intenta, en su labor pedagógica y de velador social,  aliviar la monotonía de los periódicos, el prosaísmo del político de turno o la inconsistencia temporal de la materia de la realidad, pero sobre todo se debe constatar, y Alcántara lo ha dicho meridianamente claro, que «el periodismo está hecho de gente apasionada por la verdad, por la veracidad y la noticia, no por el lucimiento de un columnista, pero un columnista intenta aliviar muchas veces la monotonía de los periódicos y lo interesado de los periódicos»[4]. Es un interés inmediato que nace de su capacidad para estar en permanente contacto con el día a día, con los minutos del existir, con la razón última de la enormidad del tiempo: “Y a mí no me importa entender el artículo como un servicio diario, como el del panadero, que por cierto tienen los mismos días de vacaciones al año que los periodistas”[5].

Así el periodista vive tanto en la materia de sus columnas, en su esencia de ciudadano, como en la del literato, que conoce perfectamente la voluntad última del lenguaje. Y Alcántara, que es un poeta consecuente y enorme (la concesión del Premio Nacional de Poesía sólo constata lo que decimos), sabe que la palabra está puesta en sus manos para rentabilizarla desde la gracia, la ironía, el sarcasmo, la paradoja, la función poética y el valor expresivo del castellano.

            Gran parte de la taumaturgia del periodismo de Manuel Alcántara es el sortilegio, el ingenio, la capacidad de mantener la atención y el talento para seducir. Sus artículos se leen de corrido porque no hay nada en ellos que sobre o que falte. Quizá algunos pueden echar de menos la agresividad o la crítica áspera que le sobra a otros, pero está claro que ni la edad, ni las circunstancias personales, ni el estilo van por ese camino, y, en última instancia, cada escritor posee su propia conducta en la página, que no tiene por qué ser mejor ni peor sino que simplemente es como es.

         Sin duda que el mejor trabajo que conozco sobre el Alcántara periodista es el publicado por Teodoro León Gross, que dedicó su tesis doctoral al escritor malagueño, y es en la actualidad su alumno más aventajado, aunque es cierto que entre ambos existen grandes diferencias. Uno de sus obras más importantes es El artículo de opinión[6], que divide en dos apartados: «Aproximación a la historia del articulismo en España» e «Introducción a la teoría del artículo de opinión»; en la segunda parte, dedica a Alcántara el Apéndice titulado «Gramática textual del artículo ingenioso: Manuel Alcántara», y, concretando sobre presupuestos estilísticos, afirma, entre otras interesantes apreciaciones, que en Alcántara se dan los «mecanismos microtextuales de transformación léxica y lógica, vehículos de transgresión lingüística asociados a las piruetas verbales de tono preciosista pero, sobre todo, la visión paródica de sus referentes». León Gross señala ejemplos de juegos de palabras, oxímoros, traductios y paradojas, y añade que «sobre el significado, y no sobre la forma, actúa mediante la antanaclasis[7], provocando la ruptura del equilibrio entre significantes y significados y poniendo en suspenso, de ese modo, el sentido de una frase que resuelve el contexto»[8]. Es una forma de llamarnos la atención sobre esa voluntad léxica, compositiva, lingüística y decididamente consciente sobre el uso que se debe hacer de la lengua para que produzca los efectos deseados (el lenguaje al servicio del sentido) pero también para darle la dimensión literaria necesaria. Algo que se ha perdido con frecuencia en el columnismo de opinión en el momento actual: la estilística del lenguaje al servicio de la dimensión social y lingüística del hecho comunicativo. Hoy día muchos columnistas tienen una relación con la lengua meramente utilitaria: sólo les sirve para expresar una idea. Y se olvidan de que la lengua presta otros servicios: el lenguaje es el resorte no sólo del buen decir sino de coadyuvar a producir la máxima expresividad a lo transmitido; en definitiva, se convierte también en un elemento sustancial en sí mismo y no meramente utilitario, práctico u oportunista.

         Alcántara, con ello no descubro nada, está entre los grandes columnistas de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, y, sin duda, tendrá que pasar mucho tiempo para que llegue otro Alcántara. Hoy día, tras la muerte de Umbral y Campmany se puede considerar el decano de los periodistas españoles. También tuvo que pasar mucho tiempo para que llegara el sustituto de Narciso Díaz de Escovar, y pasó también mucho tiempo para que éste sustituyera a Juan José Relosillas en Málaga.

         Quiero decir, pues, que la trascendencia de la columna de opinión de Alcántara va allende las fronteras de la provincia -no sólo por formar parte del Grupo Vocento- sino también por su virtud literaria. Parangonando su discurso periodístico con el poético diría que Alcántara realiza el periodismo minimalista, que la columna -como ha dicho- es el soneto del periodismo. Con un artículo sucinto y limitado obtiene una gran influencia en la opinión pública y una considerable perfección. La estructura férrea del soneto admite pocas veleidades. La estructura compositiva de las columnas de Alcántara no está al albur sino que se organizan con suma meticulosidad pero también con plena conciencia de su poder como hechos lingüísticos. Es asombrosa -dirá el académico Gregorio Salvador[9]– «su capacidad para ahondar con palabras en imágenes habituales o para enriquecerlas con otras imágenes, las literarias». Es lo que yo llamaría la dimensión literaria de la cotidianidad. Su capacidad de seducción también desde las habilidades lingüísticas y creadoras.

         La contención ha sido una de sus múltiples virtudes. En la mayoría de sus columnas, que oscilan en torno a las trescientas  o trescientas cincuenta palabras, contiene de una forma directa, sintética y clara su mensaje, evitando todo aquel aporte de elementos que puedan oscurecer, alterar o distraer de la idea central, que desarrolla desde el principio hasta el final con el gracejo, la ingeniosidad y la ironía que muy pocos saben darle. Ese , desde el pescadero al barrendero, desde la intelectual hasta la profesora de Universidad es una faceta que lo mueve antes de sentarse ante la Olivetti. Todos deben sentirse partícipes de su modo de expresarse. Todos deben entender lo que dice. Pero creo también que ello es una bondad natural que le ha dado su madre o el cielo, que no se consigue con aprendizaje, un  talento natural que se viene con él o no se obtiene con artificios o ingenios literarios. También el buen escritor nace.

        Junto a este hecho figura la búsqueda del «redondeo» en la columna, que no le sobre ni le falte nada, eliminar todo lo superfluo en última instancia. Una de las columnas que puede servir de ejemplo es «A cuál más verde»[10], que comienza con la ironía del título y finaliza con el refrán «A buenas horas, mangas verdes».  En ella, trata por igual, con suavidad, pero con crítica corrosiva e irónica, a la derecha y la izquierda en ese afán de llevar a sus programas electorales las propuestas de los partidos verdes que son tomadas a «coña marinera» por el escritor. Partiendo del principio -indefinición política que por lo demás es habitual en sus columnas- de que todos los partidos son poco más o menos semejantes, y se ha impuesto en la política española una especial tendencia a los efectos prácticos y a la artesanía más que a las ideas, se mofa de unos y de otros. En este sentido afirmaba Salvador que «si a buena parte de los columnistas habituales de nuestra prensa se les adivina fácilmente de filiación, porque entran al trapo ideológico siempre que pueden y dan preferencia al suceso político sobre cualquier otro tema de actualidad, no así a nuestro autor, que prefiere otra clase de asuntos y que pone siempre una cierta distancia, por elevación, sobre los hechos que comenta y sólo toma partido cuando no tiene más remedio que tomarlo, porque hay cosas sobre las que no cabe entretenerse en la duda»:

        «Las distintas posturas de los partidos políticos, si bien se miran, no son tan diferentes: todos prefieren estar sentados. Las distancias entre unas confesionalidades y otras se han ido haciendo más cortas y menos confesionales gracias a haber convertido al pragmatismo en una deidad, pero no da grandes artistas, sino aplicados artesanos»[11].

       Ese afán de los partidos políticos por introducir en sus programas las ideas de los verdes son también motivo de irónica chanza por parte del escritor malagueño en el siguiente fragmento:

       «Los de la derecha, que llevan una buena temporada buscando sillones y zascandileando por los pasillos, y los de la izquierda, que hace algún tiempo que cambiaron al Che Guevara por Robin de los bosques y demás parientes, y los del centro, que nunca se sabe dónde están, aunque se sepa que están algo descentrados. Todos. Todos verdes. Todos contemplando arroyuelos y recogiendo florecillas incluseras de los ribazos»[12].

      A unos les critica su afán de poder y a otros el cambio de los símbolos que han servido durante muchos años de referentes ideológicos. Para finalmente rematarlos con esa imagen franciscana de la búsqueda de florecillas y la contemplación del locus amoenus. Una serie concisa y breve que con pocas y necesarias palabras logra transmitir al lector toda una imagen. Sin embargo, este encogimiento de la realidad, desde mi punto de vista, corre un serio peligro: meter a todos en el mismo saco, evitando el debate ideológico y las diferentes ideas que representan unos y otros, ideas que para Alcántara son claramente las mismas, al menos en este supuesto; aunque mucho de ello pueda haber en la política nacional y él sea un avezado observador de la misma.

          A veces su versatilidad y el gran poeta que lleva dentro se hace manifiesto en sus columnas, empleando todo tipo de recursos expresivos (como las metáforas «de estaño y sombra», para referirse a los boquerones o «las castañuelas liliput de las olas alegres» con relación a las almejas, o el símil «como calamares en calderilla» para definir a los chopitos) como sucede en la columna «Fritura malagueña»[13], aunque no sea lo habitual, ya que, excepción hecha de recursos como la ironía, la deformación grotesca o la hipérbole, son pocos los que emplea en sus columnas, pues hay una clara intención comunicativa que va dirigida a una inmensa mayoría de lectores y quiere evitar que estos recursos impidan conocer el razonamiento o la opinión que propone. En este sentido decía Salvador que «casi todas las figuras literarias, de dicción o de pensamiento, inventariadas por las antiguas o por las modernas poéticas y retóricas, desde la paronomasia a la hipálage, desde el quiasmo a la metalepsis, desde la anáfora a la hipérbole, pueden rastrearse en la prosa de Alcántara y descubrirse, quizá, otras no clasificadas. Su pericia para henchir de contenido cualquier frase trivial, con una mínima variación sobre lo esperado, es tan ilimitada como asombrosa»:

        «Los vuelvo a tener delante, después de varios días sin verlos. Aquí están los boquerones de estaño y sombra, los jureles que fosforecen en el mar, los cho­pitos como calamares en calderilla, y esas almejas que han ido disminuyendo de tamaño, pero no de sabor, y que vienen a ser como las castañuelas liliput de las olas alegres».

        Sus temáticas son variadas. El hecho de que publique todos los días una columna le permite atender a lo más variopinto de la actualidad, sea nacional o internacional, sea curiosa o sociológica, sea criminal o estúpida. Cualquier tema es desarrollado por el poeta con sabiduría y maestría. Por ejemplo, «El sueldo de Clinton[14], que por extensión es el de los presidentes de gobierno de cualquier país, donde razona que la falta de emolumentos razonables hace que los políticos «metan la cuchara» en demasía. A veces, como en éste, realiza afirmaciones sorprendentes para el lector en oraciones enunciativas afirmativas o negativas del tipo «ni el tiempo le hace caso a los barómetros ni los precios obedecen al ministro de Economía», que tanto recordará a su maestro Gómez de la Serna, o bien «los viejos filósofos me han convencido de que no debo temer a la muerte», etc.; sobre las que luego despliega su sabia ironía de ese filósofo senequista que es Alcántara:

      «Los políticos no están bien pagados. Incluso los hay que no ganan para disgustos. Esta tradicional cicatería en los salarios determina que muchas personas bien dotadas para arbitrar la convivencia se dediquen de modo exclusivo a arbitrar la suya y no quieran saber nada de nosotros».

       A veces, el lenguaje deformador le hace crear un cierto experimentalismo de tipo futurista o ultraísta, como cuando dice en «A ras del suelo»[15], artículo dedicado a Charles Conrad, que «el tercer hombre que pisó la luna, hace exactamente treinta años, ha muerto por pisar demasiado el acelerador de su moto». Cuando se centra en personajes de la actualidad, Alcántara lo hace con una suavidad deformadora, nunca aparece el mal gusto, la nota gruesa o el ensañamiento, sino que produce la ironía de modo indirecto y no contra la persona, sino contra la contradicciones de su comportamiento. Este cuidado en el trato produce una conducta amable que distingue perfectamente el hecho de la persona.

         La base teórica subyacente de los artículos de Alcántara se construye sobre un proceso mental en el que el escritor despliega lo que llamo la asociación léxica o semántica diferenciada o preterida, es decir, un enunciado inicial del que se espera una continuación lógica por parte del lector se trueca por otro concepto u otro lexema, y de esa contravención salta la sorpresa. Pero existe una preparación previa que parte generalmente de la identificación de un término real con una imagen (metáfora), de modo que Alcántara  en lugar de seguir el término real, sigue la imagen. Si finalmente comparamos el resultado final o la imagen proyectada con el principio real inicial se produce una contravención que crea humor. Por ejemplo, así sucede en «El motín de los precios» cuando dice:

         «Los precios siempre han sido unos insumisos, pero parece que en vez de disciplinarlos se les estimula a la rebelión, gastando y gastando a troche y moche, como si España fuera riquísima. Un día se van a ahogar, de tanto nadar en la abundancia»[16].

      En este ejemplo observamos que ya inicialmente se produce en el título una asociación entre «motín» y «precios», metáfora inaugural que a resultas crea toda una serie de asociaciones múltiples. En el ejemplo mostrado Alcántara dice que los precios son unos insumisos, una metáfora en la que el término real es precios y la imagen insumisos. A partir de aquí va realizando una serie de asociaciones léxicas, no ya en torno a los precios sino en torno a la imagen de éstos, y emplea entre otros los siguientes lexemas: disciplinarlos y rebelión. Para, finalmente -creando una prosopopeya-, asociar los términos nadar y su complementario  y antitético ahogar.

      El origen de estas asociaciones son claramente poéticas, su base y su génesis pertenecería más a los instrumentos retóricos del poema que de la columna periodística; sin embargo, en sus columnas no resultan líricos sino que buscan crear un efecto expresivo cuanto más prosaico. Un fenómeno asociado a éste es el juego de palabras del tipo «algunos compatriotas se preguntan a dónde vamos a parar con estos administradores, pero hacen mal en preguntárselo: no vamos a parar»; en donde el término parar produce un juego de ideas antitéticas e irónicas por el doble sentido. Esta asociación léxico-semántica se observa de un modo manifiesto en el siguiente ejemplo: «El enfriamiento económico (…) ha derivado en neumonía», donde partiendo de un concepto caro para los economistas, enfriamiento, asocia el concepto neumonía que pertenecería al lenguaje, no ya de los economistas, sino de los médicos, como es obvio, creando así una asociación que produce un efecto sonoro e imaginario en el lector y por ende una sorpresa ingeniosa. Sería una especie de metáfora sinestésica particular.

       A veces incluso sorprende la aliteración vocálica, realmente espontánea, lo que explica ese fondo y origen lírico de su formación, de modo que la estructura yacente se hace realidad, como en el ejemplo siguiente: «Supera el déficit esa cifra tan difícil de escribir sin aburrirse». Observamos la siguiente serie vocálica: ueaeeiieaiaaiiieeiiiauie. La aliteración del fonema /i/, sobre todo en posición tónica es abrumadora. Con él quiere incidir en el concepto déficit. Menos el primer término, en todos los que son elementos primarios existe una vocal /i/ en posición relevante.

       Su léxico, sin embargo, no es sorprendente, sino que forma parte de la lengua estandarizada. No hay una selección exhaustiva ni una riqueza extraordinaria, sino que su finalidad es fundamentalmente práctica y de índole imaginaria (es decir, en función de las asociaciones que crea) porque a lo que tiende es a la precisión y parquedad más que a la floritura preciosista de la que rehúye manifiestamente. Así lo afirmaba en una entrevista: “Un articulista puede ser a la vez trascendente y escribir con ligereza; está obligado a una cierta reducción de léxico. Escoger términos para los que haya que ir al diccionario está al alcance de cualquier fortuna mental. Hay que renunciar a la precisión para escoger palabras que lleguen a todos, incluso a esos hinchas que tiran botellas en los estadios”[17].

         Entre los múltiples registros estéticos con los que nos deleita Alcántara existe uno, que no es muy habitual, me refiero a la emoción y el sentimiento personal más profundo radicado en la columna. En «Aquí estaban»[18] (con el título alusivo a un film) realiza una visión desde el presente de todos los amigos que han desaparecido. Despliega entonces esa «anima poetica» con singular suavidad y ternura a través de una serie de símbolos e imágenes de reminiscencias clásicas («en la otra orilla») o de metáforas significativas («antología del corazón» o «asesino de mucho cuidado» para referirse al tiempo):

        » Siento un escalofrío al pensar que ya nunca se me hará tarde con Luis Rosales, entre sosegado coñac y endecasílabos de Villamediana. Tampoco podré oír a Gregorio Prieto sus historias londinenses con Luis Cernuda, ni pedirle a Lorenzo Goñi que me pinte una caracola. Eso es lo peor de la muerte de los demás: que nos destierran a la memoria y la memoria es insolvente en muchos casos».

         Librepensador y liberal, en ocasiones recibe con no cierta sorna y desagrado los cambios sociales cuando no forman parte de su código de valores o de lo que debe ser desde un punto de vista racional. Así sucede con el artículo «Bastaría un pelotón»[19], en torno a los objetores de conciencia, donde se mofa de éstos llamándolos objetores de conveniencia; como en otras ocasiones desdeñaba las propuestas de los verdes. Podría pensarse que, en realidad, tanto en una como en otra situación lo que ironiza realmente Alcántara es a determinado tipo de ecologista o a determinado tipo de pacifista; sin embargo, no hace distinciones entre unos y otros, cubriendo con el mismo rasero a todos. Esta ausencia de gradación, cuando es necesario que exista, puede inducir a pensar en una autocomplacencia en determinadas ideas. Hecho que no invalida, por supuesto, otras en las que se muestra progresista (aunque forma parte de esa perversa lógica la idea de que no distingue Alcántara entre conceptos como conservador y pacifista sino entre lo que tiene o no tiene sentido, introduciendo así el concepto de racionalidad más que el de disposición ideológica). No obstante, en su cómputo general pesa más lo anterior que lo posterior. Este hecho ha llevado a decir que Alcántara en sus columnas ha podido quedar algo rezagado en el análisis de la evolución de los nuevos comportamientos sociales, aunque yo diría que siempre impone la lógica de lo que a su parecer debe o no debe ser éste, y en función de ese proceso mental critica, zahiere o minimiza, o amplifica e hiperboliza. Aunque debe quedar muy claro que no tiene entre sus pretensiones crear escuela o influir hasta el punto de que la realidad pueda cambiar, sino, como mucho, crear estados de conciencia: “Un articulista a lo más que puede aspirar es a crear estados de conciencia, por otra parte muy necesarios, por supuesto, pero no a más. Hay que desconfiar de la capacidad transformadora, salvo casos ilustres como el ‘Yo acuso’ de Zola o el mal citado ‘Delenda’ de Ortega. Los estados de conciencia pueden lograr cosas; como ocurrió con ‘Muerte de un viajante’ de Arthur Miller para dignificar esa profesión. No hay que descartar eso, aunque los gabinetes de prensa sólo le subrayan a los políticos los textos que hablan de ellos, y quizá no se enteran de lo demás”[20].

      Por otra parte, es habitual su crítica a los políticos y su resistencia a criticar el poder y su omnímoda convergencia en la sociedad como instrumento de coerción del ciudadano. Así su artículo «Bastaría un pelotón» finalmente defiende la idea de que está muy bien eso de la objeción de conciencia, pero cuando sea necesario que intervenga el ejército todos llamarán a la legión. Lo que me lleva a decir que ese ingenuismo utopista que hay en muchos columnistas jóvenes hace tiempo que lo ha perdido Alcántara, más acomodado a las circunstancias ideológicas con base racional.

       Técnico de la palabra, profesional que pasa con extrema suavidad, agrado y compostura, domina como pocos columnistas malagueños este «soneto del periodismo» y su formación lírica está presente de un modo continuado en su formación periodística, más para lo bueno -ganando ésta en expresividad- que para lo malo. De este modo «Alcántara subvierte la percepción de la realidad en una actividad lúdica, sin duda lúcida, capaz de mover el ánimo a la sonrisa, pero también lírica y, sobre  todo, crítica. Detrás de cada juego de palabras hay una tesis, detrás de cada figura hay una provocación, detrás de cada paradoja hay una denuncia. La persuasión ingeniosa encuentra así -cuando se logra ese equilibrio en el que no se incurre en que , riegos analizado por José Antonio Marina en la cuarta paradoja sobre las contradicciones del ingenio en su Elogio y refutación del ingenio- a través de estos mecanismos, medios excelentes para obtener la adhesión al lector, objeto último de la operación retórica, puesto que previamente la logrado atraer su complicidad, su simpatía y,  a través de éstas, una predisposición a la aceptabilidad del hecho»[21].

El periodismo exige la urgencia. Pero fíjate, Julio Camba, que era muy cínico, me contaba, «yo lo veo todo en forma de artículo: veo una vaca pastando y ya tengo un artículo; paseo por una ciudad y otro artículo; y cuando un amigo se muere, me pongo muy contento porque ya tengo el artículo de mañana»[22]


[1] Cortés, Rafael: “Manuel Alcántara: el periodismo está hecho por gente apasionada por la verdad”, en HOY.ES, 18 de enero de 2006. También lo encontramos en la siguiente: [en línea] Dirección URL: < www.hoy.es/pg060118/prensa/noticias/Sociedad/200601/18/HOY-SOC-191.html&gt; (Consultado el día 10 de febrero de 2008).

[2] D.B.: “Entrevista con Manuel Alcántara (2ª parte)” en La polla en verso, jueves 29 de marzo de 2007.

[3] Entrevista a Manuel Alcántara, [en línea] Dirección URL: <http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/prensa/20070408/portada_viz/manuel-alcantara_20070408.html>. (Consultado el día 8 de abril de 2007).

[4] www.hoy.es/pg060118/prensa/noticias/Sociedad/200601/18/HOY-SOC-191.html

[5] Ibidem, “Entrevista” en El correo digital.

[6] León Gross, Artículo en op. cit., pág. 224.

[7] En su Diccionario de términos filológicos, Lázaro Carreter define la antanaclasis como una figura retórica que consiste en “repetir una misma palabra en dos sentidos diferentes. Es un caso particular de juego de palabras: Cruzados hacen cruzados,/ escudos pintan escudos (Góngora). A veces se juega con palabras de signficante parecido: Non consul, sed exul (Cicerón).” (Ed. Gredos, Madrid, p. 46).

[8] León Gross, Artículo en op. cit., pág. 230.

[9] Salvador, Gregorio: «Bellísimas columnas» en Ateneo del nuevo siglo, núm. 4, enero de 2003, págs. 88-94 [93].

[10] Alcántara, Manuel: «A cuál más verde», Diario YA,  30 de septiembre de 1990.

[11] Ibidem.

[12] Ibidem.

[13] Alcántara, Manuel: «Fritura malagueña», en Diario Ya, 16 de marzo de 1990.

[14] Alcántara, Manuel: «El sueldo de Clinton» en Diario Sur, 26 de mayo de 1999.

[15] Alcántara, Manuel: «A ras del suelo» en Diario Sur, 11 de julio de 1999.

[16] Alcántara, Manuel: «El motín de los precios» en Grupo Correo, 26 de junio de 1992.

[17] Entrevista a Manuel Alcántara, [en línea] Dirección URL: <http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/prensa/20070408/portada_viz/manuel-alcantara_20070408.html>. (Consultado el día 8 de abril de 2007).

[18] Alcántara, Manuel: «Aquí estaban» en Grupo Correo, 2 de enero de 1993.

[19] Alcántara, Manuel: «Bastaría un pelotón» en Grupo Correo, 18 de marzo de 1994.

[20] Op. cit. “Entrevista” en El correo digital.

[21] León Gross, Artículo, en op. cit., pág. 237.

[22] D.B: “Entrevista a Manuel Alcántara (3ª parte)” en La polla en verso, 3 de abril de 2007.

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