ENTREGA DEL PREMIO ANDALUCÍA DE LA CRÍTICA 2015

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on pinterest
Pinterest
Share on pocket
Pocket
Share on whatsapp
WhatsApp

RECONSTRUCCIÓN MEMORIAL Y FICCIONAL EN COMO LA SOMBRA QUE SE VA DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA

F. MORALES LOMAS

Como en otras recientes construcciones novelescas de Muñoz Molina, Como la sombra que se va nace de un profundo concierto entre literatura y realidad, ficción y vida. Y, en concreto, en la fábula de esta obra, como una meditación en torno a Lisboa en tanto espacio narrativo sobre el que vuelve, pero también en torno a dos escenarios o ambientaciones vitales determinantes: la de James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King, y la del propio Muñoz Molina, que deviene ente de ficción en la obra.

Con ello asistimos al momento en el que la arqueología novelesca, la cimentación del personaje de ficción convive decididamente con la recreación memorial del propio novelista y la arquitectura como entes de ficción de personas de carne y hueso que forman parte de su existencia.

Descubrimos la miscelánea de dos herramientas creadoras. Por un lado, una parábola propiamente dicha, la creación novelesca de Ray, la construcción o reconstrucción vital de Ray con todo su profundo trabajo de restauración periodística. Nos interesa la vida de Ray como un personaje en torno al que se conjetura el misterio, pues no se sabe la razón que lo llevó a asesinar a Martin Luther King, cuya muerte él negará, aunque seamos conscientes de su sesgo racista, de su fanatismo extremista, de su animosidad, encono y resentimiento hacia los negros. Un racista contumaz. Y Muñoz Molina sentía la necesidad de penetrar en su mente no solo en sus actos, y hacer la radiografía de su huida hacia Lisboa y sus intentos de sobrevivir a toda costa y su frustrado viaje a África.

De otro lado, la entelequia de la absoluta realidad del propio Muñoz Molina en su recorrido vital por su propia autobiografía. Para ello, el magma creador es la memoria en torno a Lisboa como mecanismo de fusión nuclear, y la metaliteratura, el discurso literario de su novela Invierno en Lisboa, como pieza que permite la reflexión sobre la ficción y su capacidad de adquirir una dimensión cercana a la realidad, conformada por los datos aportados en torno a la familia del narrador en Granada, su hijo… o ese tú ensalzado que claramente identificamos con su actual pareja, la escritora Elvira Lindo.

Muñoz Molina aspiraba también a conseguir desvelar el misterio, el desconcierto en torno a esta alianza de posibilidades, a los límites de ese vínculo entre un personaje como el norteamericano Ray, tan ajeno a la capital portuguesa, pero convertido en mundo propio y en personaje lisboeta como lo eran los músicos de Invierno en Lisboa, y, en consecuencia, a la anuencia de mundos diversos, de un juego de ficciones y creaciones.

Pero está claro que toda reconstrucción biográfica o autobiográfica acaba inventando también la propia realidad. La reconstrucción memorial de los escritores a veces mezcla el deseo de que algo hubiera sucedido con la realidad cierta del suceso que, a veces, se confunde en su mente en una extraña aleación. Por este motivo dirá Muñoz Molina que este tipo de acoplamientos son más autobiográficos todavía cuando inventas cosas que no te han pasado. Y pone el ejemplo del propio Ray, que inventaba cosas en torno a él que no había sido nunca, como que pertenecía a la marina mercante. Acaso como una forma de religar los ideales con las realidades, como hace el que construye su propia memoria. Hay una compensación in limine, con la que se trata de conformar otro mundo.

Con esta dualidad corría colosales contingencias el autor porque ¿qué tiene que ver la vida de un asesino como Ray con la del propio Muñoz Molina y su mundo novelesco? La distancia que existe de su creador a su criatura, como el Augusto Pérez de Niebla y el propio Unamuno. Pero sobre todo el espacio: Lisboa y la recuperación del tiempo. La sensación, no obstante, es que la novela va organizándose ingeniosamente sin mecanismos aparentes que permitan ver las costuras de la fábula. Lo que le ha llevado a decir a Muñoz Molina que la novela se iba haciendo sola, derivando de una cosa a otra.

El aleph borgeano es Lisboa. Este es el punto sobre el que se une toda la masa nuclear, y este desleimiento genera también la unión temporal y la licuación de acontecimientos diversos con el valor alegórico que engendra el espacio lisboeta del que sin duda está enamorado. 

Muñoz Molina en esta sincera declaración novelesca personal, reafirma también su amor a Lisboa y a los suyos, y trata de mostrar con esa sinceridad mentirosa de la literatura, con esa sinceridad hipostasiada y memorial, qué siente un escritor cuando se conforma como centro del texto y se dedica a celebrar la “desdicha por encima de la alegría, y se celebra la fugacidad romántica frente a la duración”, o la propia y consistente resistencia del amor. 

Lisboa no es el encuentro con Ray sino también consigo mismo, con su vida, con la ficción, con la creación novelesca y con los ajustes o reajustes vivenciales que necesita uno de tarde en tarde, con las transacciones en torno a la conciencia. Muñoz Molina sabe que sus personajes debían estar en Lisboa y él debía estar con ellos en la ciudad del Tajo. Dice que era una intuición necesaria para que la novela pudiera existir y alcanzara la consistencia. Lisboa es su aleph, en el que se concita la conciencia herida por actuar de un modo erróneo, pero también Lisboa es una huida hacia otro tiempo y hacia otra vida. Y el encuentro con el hijo, en 2012, es permitir la circularidad en torno a ese punto sobre el que se pivota, volver atrás, hacerse un poco estatua de sal en esa mirada al pasado desde el presente, viéndose y reconociéndose en el propio hijo.

Su narrativa se ha hecho mucho más realista, más directa y clara, más precisa en la información (más periodística) y menos retórica aunque es evidente que su prosa siempre posee una gran altura. Podríamos calificarla incluso como un estudio arqueológico de las emociones, un recorrido por la infamia del asesino y la del buen hombre y afectivo personaje familiar como se presenta Muñoz Molina, con un punto de sensibilidad, emoción y aspiración sentimental de lo emotivo. 

Su asesino lejos de producirnos repulsión nos trasmite discernimiento, incluso comprensión, y su yo nos humaniza al personaje que realiza también como el propio Muñoz Molina una confesión memorial en toda regla llevados de ese contrapunto musical sus mundos diferenciados. 

Es una novela, en definitiva, que construye las emociones de dos personajes reales en mundos y épocas diferentes, pero también una novela que trata de marcar la diacronía como instrumento para la construcción narrativa temporal. El tiempo como alegato, la vuelta del pasado al presente y viceversa, en esa especie de juego de espejos sinuoso en el que la aventura de la escritura y la metaliteratura también se hacen presentes en las duraderas reflexiones que constituyen su propia arte poética.  

Con esta novela ha creado una manufactura novedosa que fusiona el periodismo, la narración memorial autobiográfica y el ensayo literario. Tres condimentos conducidos con maestría por Muñoz Molina.

LA INSISTENCIA DEL DAÑO DE FERNANDO VALVERDE

JOSÉ SARRIA CUEVAS

La insistencia del daño, del joven granadino Fernando Valverde, ha sido galardonado con el XXI PREMIO ANDALUCÍA DE LA CRÍTICA DE POESÍA por entender el jurado que “el libro es muestra eficaz y rotunda del compromiso ciudadano humanístico, en compañía de una veta melancólica que no pierde en su envoltura ni la elegancia de dicción ni de concepto. Todo está, en efecto, cincelado, pero por sugerido a través de sorprendentes metáforas de nuevo cuño, fraseo contundente, conclusivo, intertextualidad confesada y el amor “sin orgullo del que ha perdido todo” y ha ganado el don de ver las cosas que hay detrás de las sombras. Destruir el palacio no incluye sus cimientos y en este libro está la sabiduría consistente en que siempre vendrá una generación que los avale.”

Miembro del colectivo “Poesía ante la incertidumbre” y de “Humanismo Solidario”, Valverde es consciente de que la poesía puede arrojar luz, diálogo y, sobre todo, humanidad. La poesía aporta un significado a la existencia y va ineludiblemente unida a la búsqueda de la libertad y a darle un sentido a nuestro tiempo.

La insistencia del daño es un poemario valiente, muy atrevido, pues surca las aguas confusas de la poesía española contemporánea, en donde toda la cacharrería posmoderna ha desembarcado con una retahíla de planteamientos líricos desorientados: nuevo simbolismo, escritura del desconcierto, poesía limítrofe, poesía-palimpsesto o poesía del fragmento. Sin duda, una poesía desolada, como certeramente la identificó el crítico Rafael Morales Barba. Pero Valverde nos devuelve la esperanza: no todo está perdido.

IDEOLOGÍA y COMPROMISO se dan cita en la propuesta estética de Valverde, como estrella polar que rige su quehacer poético.

IDEOLOGÍA porque no es la suya una poesía coyuntural, de moda, del momento, sino como indicara Machado, fruto de “muchas horas gastadas en meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo”. Y COMPROMISO porque nuestro poeta ha decido, convencidamente, no ser cómplice con el sufrimiento y la injusticia”. Así lo señala Nathalie Handal: “Con un lenguaje cincelado, crea líricas de las ruinas. Su objeto es la justicia, la persistencia de la mancha humana” o Darío Haramillo: “Valverde nos regala estos hermosos poemas, entrañables, muestra de piedad por los otros y despiadados con quien testimonia o recuerda”.

Fernando crea su voz propia, sin ser epígono de nadie (ya sean poetas o colectivos), pero rastrea en las huellas de la tradición de la “poesía impura” que testimoniara Pablo Neruda, desde la revista Caballo verde para la poesía, cuya estela recogerán Celaya, Blas de Otero, José Hierro, Félix Grande o Jorge Riechman, de quienes Valverde es deudor. La opción del poeta granadino es la decidida apuesta por utilizar la poesía como reivindicación del compromiso: compromiso con la palabra y con la vida, que debe incluir siempre a los otros y que no significa instrumentalización ni militancia, sino vinculación y resistencia.

Valverde nos avisa, desde el principio, con este magnífico alejandrino: “Podéis mirar el mundo a través de mi llanto”, del poema Playa de San Cristóbal, que la suya es una poesía que va a asumir el uso de la palabra como obligación. Es el propio autor quien ha manifestado en una reciente entrevista que con este texto “he querido abandonar la indiferencia en la que nos hemos instalado para tratar de explicarme nuestra complicidad con el sufrimiento y la injusticia”.

El poeta ha elegido levantar un estandarte contra el olvido, contra la conformidad (“Ahora que puedo ver tu soledad / comprendo el equilibrio de las piedras”, del poema Llanto de difuntos), una insurrección contra la dejación y la amnesia social (“Ya no se espera a Dios en este continente”, del poema El terremoto), para rescatar a los débiles, a los afectados, a los frágiles que se hacen presentes en cada una de sus propuestas líricas, entroncando, asimismo, con la tradición de la poesía de lo cotidiano de Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Huidobro, Nicanor Parra o Ernesto Cardenal.

Valverde utiliza frondosamente un sustantivo asequible, inmediato y comunicativo, alejado de la sacralización contemporánea del quehacer poético, en la línea del poeta italiano Paolo Ruffilli, quien escribió: “He aquí mi sueño de escritor: quitar peso, el mayor posible, a mi escritura”. Así es la poesía de Valverde en quien claridad o utilidad no vienen a significar menoscabo de un intenso proceso reflexivo. En cuanto a lo formal, el texto se complementa con una con gran precisión métrica, tallado bajo el soporte de brillantes alejandrinos, endecasílabos y heptasílabos, de excepcional dimensión formal, que confieren a los versos un ritmo armónico y equilibrado. 

En La insistencia del daño los poemas van mucho más allá del inmediato concepto o de la mera crónica cotidiana; los personajes y su contexto han dejado de ser lo que representan para reunirse en el espacio que delimitan los extramuros del poeta y experimentar en ese lugar la trascendencia de la palabra. Así es, pues el libro posee un alcance meditativo, sugerente y de interiorización de excelente factura, en un poemario que va desgranando la evolución del desarraigo, del dolor que existe en la intemperie, desde donde el poeta construye una declaración doliente del desamparo, del abatimiento y de la consternación, sustentada bajo el poder vivificador de la palabra, en donde se concita una armónica miscelánea de vivencias personales, de imágenes de lejanos lugares y de algunos recorridos por la historia reciente -su propia intrahistoria- o de personajes mitificados.

La insistencia del daño es un libro que opta por ser testimonio vivo, amargo y sufriente del dolor del hombre enajenado por una sociedad abusiva y, a veces, arbitraria, por lo que descubrir este hermoso texto es allanarse, desde la arquitectura de un poemario muy bien conformado, a la sensación doliente de quien ha emprendido una aventura: la de la búsqueda humana, en la estela del HUMANISMO SOLIDARIO, bajo la fantástica influencia visionaria que proporciona la hermosa iconografía que se sustenta en la cosmogonía de los lugares, de los personajes y de las experiencias que se esconden tras sus versos y que sirven como testera de un conjunto de poemas que nos revelarán el sendero de la caída, del derrumbamiento, del fracaso, para hacer de todo ello testimonio vivificante de un poeta que ha decidido no permanecer ajeno o indiferente ante la injusticia o frente al sufrimiento humano.

CAZA MAYOR DE MANUEL MOYA

FRANCISCO HUELVA

“Escritor maduro busca. Abstenerse todos, excepto tú, ya sabes.” Manuel Moya

Los entresijos de la vida me permitieron conocer al poeta, narrador y traductor Manuel Moya hace aproximadamente dos décadas. Desde entonces, nuestras vidas han estado atadas por eslabones de palabras, las únicas cadenas que un hombre libre, y por ende un escritor, deben aceptar.

He observado de cerca a lo largo de este tiempo cómo el demiurgo que vive en Manuel Moya y en la ringlera de heterónimos que lo aristan, ha ido creando ideales mundos en el campo de la poética y de la narrativa.

En algunos casos, he tenido el placer de observar la génesis, el posterior crecimiento, la poda o devastación de lo superfluo y el nacimiento final de sus obras.

Un privilegio impagable que este aprendiz de todo jamás podrá resarcir ni con la ayuda de Mefistófeles.

Manuel Moya es hijo de su tiempo pero esencialmente de sus muchas y variadas lecturas. El barro que conforma al creador onubense nacido en la intemperie húmeda y persistente de Fuenteheridos, pertenece por tanto al contacto con la tierra en sentido literal, con la Naturaleza, madre de todas las cosas reales y ficticias posibles, como es, y a la mescolanza oleosa, inciensal, iluminadora, de los mundos ficcionales que devora desde que la literatura lo dejó herido y sin consuelo posible, en una juventud que, en los años setenta y comienzo de los ochenta, perdió todas las referencias y hubo de inventar unas nuevas reglas de convivencia, una otra forma de expresarse por fin en libertad, después de casi medio siglo inquisitorial en lo creativo como nos trajo la dictadura franquista.

No voy a comentar nada más de la obra de Manuel Moya y sus heterónimos. Para eso está la hemeroteca.

En cuanto al libro que hoy nos congrega, manifesté en junio del pasado año, cuando lo reseñé en prensa, lo siguiente:

“Ciento cuarenta y seis mundos. Ciento cuarenta y seis historias que, sin embargo, cuando se hilan en la sesera del lector formando madeja, comprobamos con asombro cómo se continúan o se anteceden, se adicionan o se restan… convirtiendo a Caza Mayor de Manuel Moya, en un dédalo en el que cada movimiento de página configura una vida nueva, que, como toda vida, se mezcla, habla con la historia del vecino de página, o con la que le tocó existir en el centro o el extrarradio del libro, o con el narrador o el lector si procede, conformando un paisaje pleno de profundas oquedades que sin embargo se explican con parcas dicciones, con las justas y precisas palabras que dan sentido al género.”

El género del microrelato ha sido desdeñado desde siempre por los editores, a pesar de que han sido elaborados, como se sabe, por el indiscutible duende de escritores como Borges, Monterroso, Max Aub, Gómez de la Serna, Kafka, Cortázar, García Márquez, Ana María Shua, Jodorowsky, Javier Tomeo, Julia Otxoa, Ángel Olgoso, Ana María Matute, Juan José Arreola, Enrique Vila-Matas, Luis Mateo Díez o el recientemente fallecido Eduardo Galeano, por citar solo unos pocos.

Ricardo Reques ha dicho de Caza Mayor que, apoyándose en la tesis de Ricardo Piglia de “que todo cuento cuenta dos historias”, en los microrelatos de Manuel Moya aparecen con frecuencia “dos historias, una evidente y otra sumergida, insinuada, que otorga sentido profundo a la superficie del relato.”

El académico José María Merino ha escrito lo siguiente sobre este libro: “Un mundo absurdo, fantástico, extravagante, irrisorio, tenebroso… va creciendo a lo largo de los numerosos textos del libro. Lo cierto es que -continúa Merino- tras arrancar con un cuento magnífico, “Cosmogonía”, sobre el tema de la creación, el autor despliega un conjunto de minicuentos, donde se alternan el lenguaje vulgar y el poético, construyendo textos totalmente coherentes o planteando discursos con alternancias temporales que buscan su sentido en la lectura que estamos haciendo. Esta voluntad metaliteraria es recurrente en la colección, desde la que los personajes interpelan al lector en varias ocasiones, y donde se conforma un laberinto en el que todos los textos parecen confluir en la tentativa de construir una extraña urdimbre. En fin, una voluntad de experimentación que ilumina las grandezas y servidumbres, las posibilidades y restricciones del microrelato” -finaliza Merino.

Caza Mayor es el primer libro de Manuel Moya dedicado íntegramente al microcuento. Manuel Moya sigue sorprendiendo con su callado trabajo de orfebre de la lengua y lo mismo toma la lira que gabela e implora la sinfonía numinosa de la poética, para, otras, de una amarrón ingobernable, atenazarnos con la singladura de una novela o, como en este caso, con un rosario de perladas cuentas disímiles, redondas, plenas… aunque procedentes a veces de una misma raíz imaginaria.

Caza Mayor es una delicia necesaria para los amantes de lo corto y también de lo largo en narrativa.

Y para finalizar ya, quiero rematar este diserto sobre Manuel Moya, con un poema de José Luis Sampedro publicado en su último libro, editado hace tan solo unas semanas y denominado “La vida perenne”, en donde el gran humanista que nos dejó sigue difundiendo luz a todos aquellos que buscan en la literatura una tabla de salvación ante el negro mar de la ignominia, el mercantilismo y la incultura, en la que muchos de nuestros gobernantes nos tienen inmersos para desgracia de la ciudadanía.

El poema se llama “Canción de aprendizaje”: “Sea Ulises tu guía al viajar por tu vida, compañero. Tapona tus oídos contra toda sirena, átate al duro mástil de tu barca. Y, obediente a tu brújula secreta, pon rumbo a la aventura irrenunciable: el viaje hacia ti mismo.”

Manuel Moya es, por tanto, a criterio del jurado del XXI Premio Andalucía de la Crítica, en su modalidad de Relatos, merecido receptor del mismo por su libro Caza Mayor publicado en 2014 en la editorial Baile del Sol.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

premios (noticias)

Noticias recientes